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En este espacio queremos brindar, desde la reflexión sobre la realidad actual, pistas para llevar adelante la tarea de anunciar a Jesús en estos tiempos.
Vemos que muchos cristianos están perplejos frente a los profundos y veloces cambios culturales que se producen, y que nos alejan cada vez más de las generaciones más nuevas. A causa de esto, muchos miran con recelo y temor la realidad y no saben cómo introducirse en ella para hacer llegar el evangelio allí donde justamente más está haciendo falta.
Vemos entonces que no alcanza sólo con pensar dinámicas que sean interesantes para los jóvenes. Creemos que antes, es necesario una reflexión más profunda y desde la fe de la realidad actual. Sólo a partir de ésta se despertará nuestra creatividad para encontrar caminos en nuestro trabajo evangelizador.
Para esto hemos creado este espacio.
Sugerimos leer los artículos en el orden que han sido publicados, pues esto facilita su comprensión.
Esperamos cumplir los objetivos propuestos y que te sea de ayuda.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

2.6. Sexto criterio: La cultura juvenil como mediación para el encuentro y seguimiento de Jesucristo

Jesús, si tenemos en cuenta los evangelios, se acerca a cada hombre en la realidad que éste se encuentra, y no en la realidad que "debería estar". Es más, su realidad se convierte en "oportunidad" para el encuentro y no en dificultad. Éste principio es el que debemos tener bien presente a la hora de anunciar a Cristo a nuestros jóvenes. Por eso, decimos con seguridad, que la cultura juvenil, con los aspectos positivos y negativos que posee, es medio para encontrarse con el Dios vivo de Jesucristo.
Los cambios acelerados de nuestros tiempos, provocan en la generación adulta cierta resistencia a aceptar y adaptarse a los mismos. Esto suele llevar, muchas veces, a cierta absolutización de la propia cultura generacional, con sus valores, desde donde se juzga toda la realidad. Los jóvenes, con frecuencia, cuestionan esos valores (sobre todo con sus conductas y actitudes), lo que provoca entre los mayores la respuesta típica: "la juventud está perdida" o "se están perdiendo los valores". Es decir, se posee una mirada negativa, pesimista de la realidad juvenil.
Es imposible una verdadera evangelización de los jóvenes con esta mirada. Y no decimos aquí que debemos poseer una mirada ingenua de la realidad, sino todo lo contrario, debemos tener una mirada más objetiva y realista de la cultura juvenil, reconociendo que lo que vemos está condicionado por nuestra propia cultura adulta.
Hace falta una verdadera conversión, una "metanoia", cambio de mentalidad, para reconocer que el Evangelio no se identifica con nuestra propia cultura adulta y sus valores, sino que la trasciende. Nuestra mirada, entonces, no debe ser desde nosotros, sino desde Dios, desde el Evangelio y sus valores. Sólo con este cambio de mentalidad podremos acercarnos de verdad a los jóvenes y ser instrumentos para que Cristo se encuentre con ellos.
Con frecuencia se escucha la preocupación entre los mayores sobre la pérdida de valores. Una mirada más objetiva nos permite darnos cuenta que cada cultura, cada generación posee valores de signo positivo, negativo y neutro. Juzgados desde los valores eternos del evangelio, los primeros son acordes a éste, los segundos se oponen y los terceros son indiferentes. No hay por tanto pérdida de valores (entendiendo sólo a los de signo positivo), sino más bien, cambio de valores. Es cierto que muchos de los valores de signo positivo no están ya presentes. Pero no es ésta toda la realidad. Muchos valores negativos (o antivalores) propios de la generación anterior también se están perdiendo. Y éso es muy bueno. Sí, es cierto, que como reacción, con frecuencia, la cultura más nueva suele caer en los antivalores opuestos. Pero el camino no es por tanto volver a lo anterior, sino avanzar hacia una realidad más nueva. Hay, además, valores neutros, propios de nuestra generación, a los cuales nos aferramos y no aceptamos perder, pero que juzgados desde el evangelio, nos damos cuenta que son indiferentes.
Nuestro esfuerzo, por tanto, en la tarea evangelizadora, no es que los jóvenes vuelvan a nuestros valores, sino que se encuentren con Jesucristo. Y es desde éste encuentro que los mismos jóvenes juzgarán su cultura, sus valores y comenzarán un proceso de conversión. Debemos reconocer que, como ajenos a su cultura, no somos los más indicados para juzgarla.
Es el Evangelio, desde el corazón de la misma, el autorizado en hacerlo.
Cuando se evangelizó América, muchos misioneros confundieron, tristemente, evangelizar con europeizar. Hoy, en cambio, hablamos claramente de inculturar el Evangelio cuando anunciamos la Buena Noticia en una cultura nueva. Esto es lo que debemos hacer, inculturar el Evangelio en la cultura juvenil, potenciando sus valores y convirtiendo sus antivalores.
Esta nueva mirada que mencionamos más arriba, implica también distinguir cuáles son los desafíos que la nueva cultura nos ofrece, y cuáles las oportunidades que nos facilitan el anuncio del evangelio. La mirada negativa, pesimista, sólo ve problemas y desafíos para enfrentar. Por supuesto que los hay. Pero se pierde la capacidad de percibir cuáles son las oportunidades, los caminos que nos allanan nuestra tarea de anunciar la Buena Noticia.
De nuevo, la ORACIÓN aquí es muy importante. Necesitamos un verdadero cambio de mentalidad, una verdadera "metanoia", conversión del corazón, para adquirir esta nueva mirada. Necesitamos un corazón abierto, desprendido de nuestras falsas seguridades, apoyados sólo en nuestro Señor. Sólo así podremos enfrentar los cambios profundos y acelerados, sin mirarlos con miedo (como Pedro cuando camina por el agua hacia Jesús).
Pero precisamos también mucho contacto y diálogo con los jóvenes, mucha empatía, que sólo se alacanza cuando el miedo a lo distinto se ha vencido. Y también debemos formarnos, estudiar, conocer lo que las ciencias (psicología, sociología, etc.) dicen de las nuevas culturas juveniles [1].


[1]  Hasta aquí, para hacer más fácil la comprensión de lo expuesto, hemos hablado de cultura juvenil (en singular). Pero los sociólogos prefieren hablar de culturas juveniles debido a la diversidad de expresiones que existe en esta franja etaria.

2.5. Quinto criterio: Proceso

Hasta aquí, hemos hablado de la evangelización en un sentido más bien estático. Pero ha sido para facilitar la comprensión de los puntos expuestos. Pero la realidad es que la evangelización es dinámica, es un proceso. El encuentro con Jesucristo, por lo general no es una experiencia de un instante. Es un camino a recorrer. Perder de vista este aspecto, puede llevarnos a cometer grandes errores y a desalentarnos con facilidad.
Sobre el proceso en sí, simplemente me animo a recordar el modelo propuesto en el relato de los discípulos de Emaús:
- Jesús se ACERCA y CAMINA al lado. Acompaña.
- Pregunta de qué venían hablando. Deja que le cuenten. ESCUCHA.
- Interpreta lo que sucede desde las Escrituras. Es decir, al acercarnos a alguien a quien queremos anunciar la Buena Nueva de Jesús, primero que nada debemos acompañar y escuchar, empatizar con esa realiadad personal. Luego debemos  iluminar la vida concreta desde el Evangelio. Es decir, no conviene anunciar la Buena Noticia en abstracto, como un mero hecho del pasado. Debemos anunciarla como algo vivo, presente, que ilumina nuestro hoy.
- Partió el pan. Recién después de la experiencia personal de encuentro con Cristo lo invitamos a ser parte de la comunidad, de la Iglesia, y celebrar como tal a Cristo presente entre nosotros.

2.4. Cuarto criterio: Respeto a la libertad

Es común equivocarnos en el objetivo del anuncio kerigmático. Solemos pensar que debemos conseguir la conversión de nuestros interlocutores. Y no es así. Nuestro objetivo debe ser que se encuentren con el Dios vivo y verdadero que reveló Jesucristo. La conversión, es decir, la decisión de seguir a Jesús, de entregar la vida a Dios, de vivir en el amor, es justamente decisión libre de aquel que se encontró con Dios vivo. Escapa totalmente a nuestras posibilidades. No puede ser nuestro objetivo entonces. Dios mismo, en su infinito amor, decidió respetar al extremo la libertad del hombre. La toma muy en serio. Si Dios la respeta ¿quiénes somos nosotros para violentarla?
Con respecto a esto debemos aclarar algunos puntos:
Con frecuencia, el "no" dicho a Dios por muchas personas, no es un "no" propiamente a Dios. Es un "no" a la imagen distorsionada que poseen del mismo. Por eso, nuestro esfuerzo debe estar en anunciar y hacer conocer al Dios vivo y verdadero que reveló Jesucristo, para que la respuesta que se dé sea auténtica respuesta a Dios. Eso implica primero purificar nosotros nuestras imágenes distorsionadas de Dios. Y de nuevo, es fundamental aquí, la ORACIÓN, y sobre todo, oración con la PALABRA, pues es en ella que Dios se revela, se muestra al hombre.
Nuestro esfuerzo debe estar también en utilizar los medios y lenguaje correctos para anunciar la Buena Noticia, para que sea bien comprendida e interpretada. Pero sobre todo, debemos trabajar para que cada persona viva su experiencia personal de encuentro con Jesucristo, es decir, que experimente el infinito amor de Dios.
Habiendo "logrado" este objetivo (propiamente nunca podemos afirmarlo porque seguro siempre algo más se puede hacer), el resto depende de quien se encontró con Cristo.
Muchos de nuestros supuestos "fracasos" en la evangelización se deben simplemente a la respuesta libre y negativa de nuestros interlocutores. Es bueno que nos produzca dolor, pero no debe frustrarnos. Si leemos con atención los evangelios comprobaremos que de quienes se encontraron con Jesús, en realidad pocos decidieron seguirlo y vivir su propuesta de vida. El caso más emblemático es el del joven rico. Pero debemos incluir en este grupo a tantos que viendo los milagros, aun así no creyeron. No podemos pretender más de lo que el mismo Cristo pretendió. Es más, hasta tal punto Jesús respetó la libertad humana, y no buscó el seguimiento a cualquier costo, que pudo preguntar sin vueltas a sus apóstoles (y en un momento en que era abandonado por muchos): "¿ustedes también quieren irse?". Desafió así la libertad de estos también.
Reiteramos lo que propusimos al comienzo: NO ES NUESTRO OBJETIVO CONSEGUIR SEGUIDORES DE CRISTO. Lo nuestro no es proselitismo, sino compartir una Buena Noticia. Debemos revisar entonces todas nuestras estrategias de evangelización ¿no estamos buscando con ellas "convencer" (es decir vencer) a nuestros interlocutores? Es bueno que sepamos persuadir, pero para que el mensaje sea bien entendido y no al contrario. Debemos persuadir para apartar aquellos obstáculos que dificultan el encuentro con Cristo. Nos referimos a obstáculos tales como prejuicios, malas experiencias con mujeres y hombres de iglesia, escándalos, cuestiones intelectuales sin resolver, etc.
Como comentamos en el segundo criterio, el evangelio es por sí mismo seductor. Por eso, no debemos caer en ningún engaño que mutile el mensaje con la intención de conseguir más adeptos. El evangelio es seductor porque muestra un camino de felicidad, pero implica también sacrificio. Y es por ese sacrificio que muchos pueden decir que "no". Esconder el esfuerzo que implica seguir a Jesús es mentir, es obrar moralmente mal, y sobre todo, demuestra que estamos tras el objetivo inadecuado.
Nuestro fracaso no está en los "pocos convertidos que logramos". El fracaso en la evangelización se da cuando no supimos transmitir bien el mensaje, cuando no fuimos verdaderos instrumentos para que alguien se encuentre con Cristo. La respuesta ya no es cuestión nuestra. Nuestra respuesta diaria al Señor es lo que nos incumbe.
En síntesis, y tomando este criterio y el anterior, en la obra evangelizadora hay tres libertades en juego: la de Dios, la nuestra y la del hermano a quien nos dirigimos.
Ahora bien, que afirmemos que la respuesta de nuestro hermano no es parte de nuestro objetivo no implica desentendernos del todo. En realidad, nosotros no sabemos si la respuesta dada es fruto de un encuentro auténtico o de los condicionamientos que vive la persona. Del mismo modo que nuestra respuesta también es pobre por nuestros límites. Debemos continuar siempre con nuestro esfuerzo por anunciar bien, por llevar a los demás al encuentro con Cristo. Sólo Dios sabe hasta dónde se está jugando la libertad de cada uno. No podemos ser nosotros quiénes decretemos "hasta aquí tiene sentido trabajar". Dejemos que ese juicio lo haga Dios y nosotros continuemos nuestra tarea, con lo que nos compete. Por otro lado, es bueno que revisemos siempre cómo llevamos adelante nuestra misión. Con frecuencia el problema está en quien evangeliza y cómo lo hace y no en los evangelizados (sobre esto hablaremos en criterios posteriores).

2.3. Tercer criterio: Sinergia

Por lo dicho en el primer criterio, es necesario tomar consciencia que debemos "hacer equipo con Dios". Por un lado, la obra es de él y no debemos creer que es nuestra. Pero por otro, Dios, que puede prescindir de nosotros, por amor, quiere contar con nosotros. Dios nos quiere protagonistas en su obra. Como dice el refrán (no recuerdo de qué santo): Haz todo como si dependiera de ti, sabiendo que todo depende de Dios.
Esto vale para todo lo que hagamos, pero especialmente para la obra evangelizadora, por lo expuesto en el primer criterio.
El relato de la multiplicación de los panes es un buen ejemplo sobre este aspecto. Veamos cada uno de los hechos:
- Primero, la preocupación de los apóstoles por el hambre de la gente... Me hace recordar mucho a nuestras oraciones donde pedimos por los que sufren, y creemos ingenuamente que allí termina nuestro compromiso...
- Jesús responde "denles ustedes de comer"... ¡Por Dios!!! ¡Qué respuesta inesperada para los apóstoles!... ¿Y si Jesús respondiera así a nuestras oraciones de intercesión por nuestros hermanos? ¿y si nos pide que nos hagamos cargo del dolor del prójimo? Creo que lo más grave, lo más "fuerte" es que ésa es efectivamente su respuesta. Basta hojear un poco el Evangelio (que es donde él nos habla) para tomar conciencia de ello.
- "¿Dónde conseguiremos pan para tanta gente?" preguntan los discípulos... Vemos las necesidades existentes, el dolor, el no conocimiento del amor de Dios, etc. y nos preguntamos ¿cómo hacer frente a todos estos desafíos? He aquí que nacen las dos tentaciones más comunes: paralizarse, sentir que nada se puede hacer y por tanto no intentar nada; o en el mejor de los casos, ser mediocre, y no jugarse del todo... La falta de esperanza y confianza en Dios nos frena. No "hacemos equipo con él". La otra tentación es creerse super hombre. Creer que yo, o nosotros podemos. Creemos que vamos a renovar, transformar el mundo por completo. Demasiada esperanza y confianza en nosotros mismos, y de nuevo, falta de confianza en Dios. Ésta es la tentación más común de los jóvenes. La primera tentación es más común de los hombres y mujeres maduros. De los que ya han comprobado que no son nada para hacer frente a tremenda realidad, y se quedan ahí, sin intentar nada más, porque ya todo lo intentaron de jóvenes.
- "Aquí hay cinco panes y dos pescados"... Poner todo lo que tenemos en manos del Señor. Todos nuestros pobres recursos, nuestros talentos y dones, todo, sin guardarnos nada, puesto en las manos del Señor. Eso es lo que llamamos "hacer equipo con Dios". Poner todo de nosotros para que Dios haga su obra.
- "Comieron cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Sobraron doce canastas"... ¡¡Y el milagro  se hizo!! Lo que parecía imposible... Enfrentar todos los desafíos... Y Dios obró. Obró porque lo dejamos obrar, porque lo dejamos ser Dios, Dios en nosotros, a través de nosotros, para nosotros y nuestros hermanos. Hicimos equipo con Dios. Y pudimos, con Dios, calmar el dolor del que sufre, generar solidaridad en la comunidad, hacer conocer el amor de Dios al que nunca se sintió amado, evangelizar a los jóvenes, etc.
Otro relato interesante sobre esto es el de la Pesca Milagrosa, en Lucas 5. Allí Pedro dice: "... Pescamos toda la noche y no hemos sacado nada..." ¡¿Cuántas veces nos hemos sentido así en nuestros servicios??!! Y ahí nomás agrega: "... Pero si tú lo mandas, echaré las redes..." Sacaron tantos peces, que las redes casi no aguantaron y necesitaron ayuda. Aquí de nuevo se ve la diferencia entre trabajar sin el Señor ("pescamos toda la noche sin resultados") y con el Señor ("si tú lo mandas... sacaron tantos peces"). "Si tú lo mandas" es según Dios lo quiere y no según nuestros "caprichos". Es hacer su voluntad.
Trabajar en equipo con Dios es aceptar que sus tiempos no son los nuestros. O mejor dicho, no son los tiempos que en nuestra ansiedad deseamos, porque Dios sí respeta nuestros tiempos. A veces, Dios permite el fracaso en la evangelización justamente para que tomemos conciencia que la obra es de él y no nuestra. Otras veces los tiempos del Señor tienen que ver con el respeto al proceso natural humano. Quizás nuestros interlocutores necesiten ese tiempo. Dios ya está obrando, sólo que los frutos no se ven todavía.
En síntesis, en el trabajo de evangelización entra en juego nuestra libertad para ponernos en acción, para evaluar cuáles son los mejores caminos y medios, y entra en juego la libertad de Dios. Por eso, de nuevo, la ORACIÓN juega un papel primordial en la EVANGELIZACIÓN ¿Cómo es posible trabajar en equipo con alguien con quien no se dialoga?

jueves, 23 de junio de 2011

2.2. Segundo criterio: El Evangelio es por sí mismo atractivo

Si al anunciar el Evangelio, éste no seduce, debemos preguntarnos si estamos anunciando el verdadero evangelio, o si lo estamos anunciando bien. No debemos "disfrazarlo", "adecuarlo" para que sea más atractivo. En sí mismo lo es. Y con esta confianza debemos anunciarlo.
EVANGELIO significa "BUENA NOTICIA". Si nuestros interlocutores no lo entienden como tal, algo no estamos haciendo bien.
El Papa Juan Pablo II nos llama a una nueva evangelización, y aclara: "Nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión". Ciertamente, sin ardor, no seducimos a nadie. Pero también debemos esforzarnos en ser bien entendidos. El evangelio es camino de felicidad, una felicidad, sí, que sólo se alcanza con sacrificio, el sacrificio de vivir el amor en la entrega total a Dios y al prójimo. La felicidad es lo que todo ser humano busca. La diferencia en la conducta de cada persona se debe a que esa felicidad se busca por distintos caminos. Si el Evangelio es camino de felicidad y felicidad es lo que todos buscamos, el Evangelio es por sí mismo seductor.
La dificultad no sólo está en que no sabemos expresarnos en un lenguaje adecuado a estos tiempos. Está también en el acento que ponemos. Muchas veces mutilamos el mensaje, es decir, ignoramos una parte ¿No hacemos hincapié con frecuencia en lo que debemos renunciar por seguir a Jesús? Ésa es una parte del Evangelio, y ni siquiera es lo más importante, ni lo primero. Sólo quien hace la experiencia de encontrar en Jesús su plenitud y felicidad está dispuesto, con alegría, a renunciar a todo por seguir a Jesús. La parábola del tesoro y la perla escondida lo dejan muy claro. El hombre que "vende todo lo que tiene" lo hace por "un tesoro" mucho más grande. Entonces, en el primer anuncio, en el anuncio kerigmático, el acento debe estar en la felicidad que Jesús nos trae, felicidad por la cual vale la pena dar todo ¿Acaso Jesús no comparó muchas veces el Reino de Dios con una gran fiesta? En nuestro anuncio no puede estar excluida esta imagen. Jesús mismo la usó.
Un error muy común al compartir la Buena Noticia de Jesús es convertir el Evangelio en Doctrina Teórica, o peor aún, en Doctrina Moral. Recordemos al respecto lo que el Papa Benedicto XVI nos dice en Deus Caritas Est 1: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva." También es oportuno tener en cuenta las palabras del Padre Raniero Cantalamessa O.F.M.[1]:

"Si el cristianismo, como correctamente se ha dicho, no es principalmente una doctrina sino una persona, Jesucristo, entonces la proclamación de esta persona y de nuestra relación con Él es lo más importante, el comienzo de toda verdadera evangelización. Revertir este orden y poner las doctrinas y las obligaciones morales del evangelio antes que descubrir a Jesucristo sería como poner los vagones delante de la locomotora que supuestamente debe de remolcarlos".[2]

No mutilar el evangelio es también hacer notar que la felicidad que él nos ofrece se distingue de la felicidad que el mundo nos brinda. La felicidad del evangelio, al contrario de la propuesta cultural,  es una felicidad que se alcanza con sacrificio y dolor, porque amar como Jesús nos propone, muchas veces implica aceptar el dolor. Al contrario de lo que podemos pensar, no es seductor un evangelio que propone una felicidad más entre otras.
Si hicimos la experiencia personal de encontrar en Jesús nuestra plenitud y felicidad, debemos anunciar el evangelio con esta seguridad. Es esta experiencia la que llena de ardor nuestro corazón para compartir esta Buena Noticia con todos. Por eso, y volvemos un poco al punto anterior, es tan importante la oración diaria. Sólo por ella podemos actualizar cada día la alegría de encontrarnos con Jesús, para así evangelizar con verdadero ardor en el corazón. Sólo después tiene sentido pensar cuál es el mejor método y la mejor expresión para anunciar el EVANGELIO.


[1] Predicador de la Casa Pontificia
[2] LA FE QUE VENCE AL MUNDO. Padre Raniero CANTALAMESSA. Ed. Alpha